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¿Equidad real o maquillaje corporativo? Desafíos y nuevas oportunidades en el 2026.

Nicole Hartley, Andrea Calagua y Regina Hernández analizan los sesgos que frenan el liderazgo femenino en el Perú y qué pueden hacer empresas y mujeres en 2026.

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Tabla de contenidos

¿Alto desempeño como trampa? El techo de cristal que nadie quiere nombrar

Que una mujer sea irreemplazable en su puesto puede convertirse, paradójicamente, en el argumento para no ascenderla. Esa es la tensión central que recorre este episodio de HR en Voz Alta: el liderazgo femenino en el Perú no enfrenta solo barreras externas, sino también mecanismos internos —organizacionales y personales— que frenan el avance de las mujeres hacia la alta dirección. Nicole Hartley, Andrea Calaagua y Regina Hernández —especialistas en sostenibilidad corporativa, gestión de RR.HH. y liderazgo en sectores industriales— analizan con datos y experiencia propia por qué los números aún no reflejan el potencial disponible.

Las cifras que incomodan: el doble clic que cambia todo

En el Perú, solo el 15% de los cargos de gerencia general u otros roles directivos están ocupados por mujeres, cuando el promedio latinoamericano alcanza el 24%. Y aunque las mujeres representan casi el 50% de la población económicamente activa, la presencia femenina se diluye con fuerza conforme se sube en la estructura organizacional. El problema no está en la entrada al mercado laboral, sino en lo que ocurre después: cuántas mujeres integran los comités directivos, cuántas llegan a gerencia, cuántas tienen voz real en la toma de decisiones. La segmentación por industria agrava el diagnóstico: en minería, la representación femenina en operaciones ronda el 10%, y en roles operativos el número cae aún más.

La brecha de confianza: por qué el 100% no es suficiente… pero se exige

Uno de los hallazgos más citados en el episodio proviene de estudios sobre la «brecha de confianza» entre hombres y mujeres en entornos profesionales. Mientras los hombres postulan a un cargo cuando cumplen el 60% de los requisitos, las mujeres esperan cumplir el 100% antes de intentarlo. Esta diferencia de umbral no es superficial: se traduce en menor negociación salarial —por cada mujer que negocia, cuatro hombres lo hacen— y en menor visibilidad estratégica. El 35% de las mujeres cuenta con un sponsor en la alta dirección, frente al 41% de los hombres. Tener un sponsor, como señala Nicole Hartley, duplica las posibilidades de crecimiento profesional. No alcanza con entregar resultados: hay que saber dónde y a quién comunicarlos.

Sesgos inconscientes y decisiones sin criterio documentado

El sesgo no siempre es explícito ni intencional. En contextos de alta presión, el cerebro tiende a economizar energía y recurrir a atajos mentales: asociar a las mujeres con roles relacionales o de cuidado, y a los hombres con orientación a resultados. Cuando los procesos de ascenso carecen de criterios documentados —guías de entrevista estructurada, requisitos claros, parámetros medibles— estos sesgos inconscientes terminan siendo parte activa de la decisión. Según el panel, la respuesta no es solo sensibilización: es sistematizar. Documentar los procesos de promoción, medir el liderazgo empático con indicadores concretos (clima, denuncias por área, rotación diferenciada por género) y que esas métricas tengan impacto en las evaluaciones y bonificaciones de los líderes.

Maternidad, paternidad y el sesgo que viene de casa

Uno de los debates más reveladores del episodio gira en torno a un dato del Instituto Peruano de Economía: el 40% de las mujeres abandona el mercado laboral inmediatamente después de su primer hijo. La sobrecarga del trabajo doméstico —que incluye el cuidado de adultos mayores y personas con necesidades especiales— sigue recayendo desproporcionadamente en las mujeres. Pero el panel amplía el foco: el problema no se resuelve solo con políticas para madres. Involucrar activamente a los padres es parte de la ecuación. Empresas que han extendido las licencias de paternidad han encontrado que, en la práctica, los colaboradores no las usan. El dato importa: sin medición segmentada por género del uso de beneficios, no hay diagnóstico posible y, por tanto, tampoco hay acción real.

El 2026 como punto de inflexión: visibilidad, datos y sororidad

El panel coincide en que la oportunidad del año no está en los grandes discursos de diversidad, sino en tres frentes concretos. Primero, la integración de la estrategia de inclusión a la estrategia de negocio: dejar de verla como un evento de marzo y convertirla en un eje medible con objetivos, responsables y presupuesto. Segundo, la visibilidad individual: LinkedIn, networking, mentoring y el hábito de comunicar logros con datos a quienes toman decisiones. Tercero, y quizás el más subvalorado, la sororidad entre mujeres: acompañarse sin rivalidad, desarrollar a quienes vienen detrás, y dejar de esperar estar «100% listas» para levantar la mano. Como cierra Regina Hernández: resiliencia para seguir, empatía para acompañar.

Transcripción del episodio:

 Ana Paula Duran

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